por Tomás Díez Sanjuán
Hoy se miden en Roma los dos mejores equipos de Europa. Creo que no cabe discusión al respecto. El Barcelona lleva todo este año demostrando que es capaz de ganar partidos haciendo disfrutar al público, y disfrutando los jugadores. El Manchester, por su parte, ha ejercido su dominio imponente en la mejor liga del mundo. El estilo de juego de uno y otro, si bien se asemeja en su abrumadora superioridad ante casi todos los rivales, se diferencia en lo que simbolizan sus dos cracks.
Uno de ellos, Cristiano Ronaldo, parece que nació para jugar a esto. Tiene la planta, la velocidad, la potencia, la técnica óptimas para el fútbol. Es también guapo y extrovertido. En cada partido, en cada jugada, es consciente de que tiene una cámara filmándole, y actúa para ella. CR7 es madera de ídolo de masas. Incluso si su fútbol no hubiese sido tan bueno como es, habría sido un jugador que poseería un alto atractivo para cualquier equipo de fútbol, del mismo modo que ha sucedido con otros jugadores, con Beckham como paradigma de lo que pretendo transmitir.
El otro, Leo Messi, engañaría si lo encuentras un día cualquiera por la calle. Bajito y relativamente endeble (de pequeño necesitó tratar con especialistas su físico para garantizarse el poder llegar a vivir del fútbol), su éxito procede de una velocidad endiablada, técnica depurada y mucha picardía. Es también un jugador introvertido, que oculta fuera del campo su arrogancia en el mismo. En la celebración de la liga de este sábado en el Nou Camp, tomó el micrófono para hablar con el público. Lo agarró y tardó casi medio minuto en comenzar a hablar. Apenas dijo más que gracias, y se deshizo del protagonismo allá donde no lo quiere: fuera del campo. Si el nivel de juego de Messi pudiese compararse con alguno de los grandes jugadores de la liga, su existencia en un equipo como el Barcelona habría sido mucho más complicada. Permítaseme utilizar a Munitis como paradigma de este caso.
Por su parte, el Barcelona lleva ya unos cuantos años con un estilo de juego que parte de una táctica indisimuladamente ofensiva. Esto no deja de ser sorprendente en el fútbol moderno que, a la sazón con el auge del sensacionalismo periodístico, ha optado por evitar riesgos en la estrategia a favor de unas tácticas mucho más defensivas y básicas. Los entrenadores y los jugadores son conscientes (siquiera inconscientemente o subconscientemente) de que los partidos se pueden jugar mal, pueden ser aburridos, y se puede perder. Lo que no puede suceder es que un equipo salga goleado. Recibir una goleada genera una repercusión mediática que cataliza los nervios y las críticas de los espectadores y directivos, y pone en riesgo directo sus trabajos. Por lo tanto, los riesgos y las incertidumbres se reducen en todo lo posible, para evitar el estress tan pernicioso para la plantilla. Se opta entonces por tácticas sencillas, que no permiten excentricidades. Del mismo modo que se dice que los organismos simples son los más evolucionados, porque han conseguido una mejor adaptación al medio, las tácticas futbolísticas simples son el futuro en la evolución del fútbol, por ser las que mejor resisten al medio. La misma teoría evolutiva que postuló Darwin cabe ser aplicada a las tácticas futbolísticas.
Sorprende, por tanto, que el Barcelona lleve ya tantos años aguantando exitosamente en su diferencia, en lo que contemplo como el destello de luz que desprende una supernova antes de contraerse y plegar ante las inevitables fuerzas de la naturaleza. Es un canto de cisne en la historia del fútbol. Una vuelta al Barroco en medio de la Arquitectura Moderna.
Desde mi escritorio, os animo a que esta noche contempléis el partido no sólo disfrutando de una lucha entre titanes, sino como un último estertor del gusto por la estética deportiva contra la irremediable fuerza de la evolución.

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