Por Francisco Pola
Hubo un tiempo en el que la crónica del fútbol, al menos en España, se escribía en términos épicos, a golpe de gestas y heroicidades. Entonces, salvo contadas excepciones, se valoraba a los futbolistas más que por su técnica, por su coraje, por su entrega, por su capacidad de sacrificio.
Entre los chiquillos, allá por los años 50/60, circulaba, por ejemplo, una historia, no sé hasta qué punto verídica, referida al aguerrido ariete Zarra. En una ocasión, se decía, jugando Zarra con la selección española, recibió un botellazo de algún energúmeno desde la grada. Con tan mala fortuna, se añadían detalles, que algunos trozos de cristal quedaron incrustados en su cabeza…
Entonces, en aquel tiempo, al árbitro le importaba un pito, nunca mejor dicho, que un jugador sangrara por la nariz o por la boca. Así que nuestro héroe, Zarra, sangrando abundantemente hasta el punto de que apenas podía ver, pues la sangre le cubría los ojos, y estando su equipo a punto de lanzar un córner, decide que él no puede dejar de estar allí: muchos de los goles que le hicieron grande los había anotado precisamente rematando de cabeza un saque de esquina.
Ni corto ni perezoso, Zarra se dirige al borde del área. Se quita la sangre de los ojos con una mano sudorosa. Levanta la otra mano, haciéndose ver por el compañero que va a sacar el córner… Antes de que el balón salga de la esquina, ya está Zarra corriendo hacia el punto de penalti, al tiempo que se eleva sobre todos…
…¡Y allí está el balón! Por un instante, un agudo dolor , cristal contra piel… Pero el cabezazo ha sido impresionante, y el rugido de las gradas le hace comprender lo que sus ojos enrojecidos por la sangre apenas pueden ver: ¡Gol! ¡Goool! ¡Goooool!...
Mientras la camilla lo retira, Zarra, seguro, apenas siente dolor. El alma se le sale del pecho pues, de alguna manera, sabe que ese gol lo mete por derecho propio en el mundo eterno de los mitos; allí donde los héroes y sus gestas, en vez de menguar, crecen y crecen conforme pasa el tiempo…
Hubo un tiempo en el que la crónica del fútbol, al menos en España, se escribía en términos épicos, a golpe de gestas y heroicidades. Entonces, salvo contadas excepciones, se valoraba a los futbolistas más que por su técnica, por su coraje, por su entrega, por su capacidad de sacrificio.
Entre los chiquillos, allá por los años 50/60, circulaba, por ejemplo, una historia, no sé hasta qué punto verídica, referida al aguerrido ariete Zarra. En una ocasión, se decía, jugando Zarra con la selección española, recibió un botellazo de algún energúmeno desde la grada. Con tan mala fortuna, se añadían detalles, que algunos trozos de cristal quedaron incrustados en su cabeza…
Entonces, en aquel tiempo, al árbitro le importaba un pito, nunca mejor dicho, que un jugador sangrara por la nariz o por la boca. Así que nuestro héroe, Zarra, sangrando abundantemente hasta el punto de que apenas podía ver, pues la sangre le cubría los ojos, y estando su equipo a punto de lanzar un córner, decide que él no puede dejar de estar allí: muchos de los goles que le hicieron grande los había anotado precisamente rematando de cabeza un saque de esquina.
Ni corto ni perezoso, Zarra se dirige al borde del área. Se quita la sangre de los ojos con una mano sudorosa. Levanta la otra mano, haciéndose ver por el compañero que va a sacar el córner… Antes de que el balón salga de la esquina, ya está Zarra corriendo hacia el punto de penalti, al tiempo que se eleva sobre todos…
…¡Y allí está el balón! Por un instante, un agudo dolor , cristal contra piel… Pero el cabezazo ha sido impresionante, y el rugido de las gradas le hace comprender lo que sus ojos enrojecidos por la sangre apenas pueden ver: ¡Gol! ¡Goool! ¡Goooool!...
Mientras la camilla lo retira, Zarra, seguro, apenas siente dolor. El alma se le sale del pecho pues, de alguna manera, sabe que ese gol lo mete por derecho propio en el mundo eterno de los mitos; allí donde los héroes y sus gestas, en vez de menguar, crecen y crecen conforme pasa el tiempo…

0 comentarios: