Silencio en Pucela

Por Román González Ordóñez
Silencio en Pucela. Minuto 93. Como si el balón suelto dentro del área hiciera que la realidad transcurriera a cámara lenta, vivimos un segundo que pareció 60 y en el que nos dio tiempo a repasar toda la temporada que estaba a punto de cerrarse con una plaza del descenso todavía en el aire. Volvimos a las duras goleadas del principio de temporada… (claro, son jugadores de 2ª, no se puede esperar mucho de ellos…) vivimos nuevamente la ilusión de los primeros triunfos (mientras hay vida hay esperanza) y hasta del momento en que soñamos con la UEFA, con un juego alegre y descarado. Pero sobre todo, mientras el balón botaba una y otra vez dentro del área del Sporting, recordamos los últimos partidos que, repletos de mala suerte, mal juego y derrotas inexplicables, nos habían alejado del sueño de toda una región, del sueño de la permanencia, devolviéndonos a la categoría de la que tanto nos había costado salir… Y volvimos a recordar (con perdón) a equipos como el Poli Ejido, el Granada 74, el Lorca… estadios como el Salto del Caballo o Ipurúa y jugadores como Dani Pendín, Mikel Kortina, clásicos de la segunda división. Equipos, estadios, rivales que han sido parte de nuestro día a día de esta última década. Para poder olvidar esta pesadilla, el Sporting prácticamente tuvo que refundarse. Miró hacia adentro, hacia sus valores… y encontró en su esencia, en Mareo (la escuela de fútbol de la que han surgido las mayores figuras del fútbol asturiano) el primer peldaño para volver a ser el Club que era y por el que se estaba luchando esa tarde en Pucela.

La segunda amenazaba (y con ella impagos, deudas,…todo lo que había llevado al proceso concursal de la entidad). Pero como dice la lógica, que de lógica tiene poco un mundo tan emotivo como es el del fútbol, cuando algo cuesta tanto conseguir, no se puede dejar pasar la oportunidad de defenderlo. Por ello, por luchar contra el destino, se plantaron 10.000 personas en Valladolid dispuestas a animar incansablemente a un equipo, costara lo que costara, un patrimonio que es de todos los gijoneses.

Silencio en Pucela. El 1-2 en el marcador era el mejor resultado pues la victoria hacía que el Sporting dependiera de si mismo en la última jornada. Sin embargo un gol del Valladolid nos dejaba a expensas de los resultados de otros campos, algo que normalmente siempre suele ser sinónimo de fracaso… por lo que el gol de Bilic había que defenderlo con uñas y dientes como se estaba haciendo hasta ese fatídico minuto 93…

El balón seguía botando, los defensas asistían paralizados a la escena, quizás recordando toda la temporada, quizás por miedo a dejar de lado por un día el papel de villanos que llevaban interpretando todo el año y pasar a ser considerados los héroes del día por despejar el balón fuera del estadio (los héroes, ese papel que suele estar reservado a los delanteros o a los porteros si hablamos de fútbol). Sin embargo, y cuando ese segundo llevaba marcha de eternizarse, un grito desde el gradería del Sporting devolvió la velocidad normal a la realidad. Canobbio, la estrella del Valladolid, un jugador que daba el perfil de héroe se había decidido a ejercer como tal y había impactado con violencia sobre el balón. Disparo a bocajarro que dirían los clásicos.

Alegría en Pucela. Ante un delantero que quiere ser héroe, solo un portero puede decidir quitarle el protagonismo. Canobbio no tuvo suerte… Pichu Cuéllar se interpuso entre el balón y la portería. El balón fue hacia él y solo tuvo que poner las manos. Un pequeño gesto, una parada realmente fácil, una gran heoricidad empujado por las 10.000 personas que habían estado animando sin cesar y que se abrazaban en el sector de la grada Sportinguista. Ni las 4 horas de viaje, ni los 75 euros por entrada importaban ya. Y es que el partido murió en ese minuto 93 que ya no se me podrá olvidar. Nunca en mi vida me abracé a tantos desconocidos, gente que dejando de lado sus historias y su realidad, habían decidido ser héroes por un día junto a Pichu Cuéllar… el fútbol y el Sporting nos permitieron ser héroes también a Jokin y a mí, en esa calurosa tarde de Valladolid.
abrazo